Romanos 8:1–39: Los que creen en Jesús tienen una esperanza segura por el Espíritu Santo

En la primera sección de su epístola a los Romanos (1:1–4:25), Pablo expone las buenas noticias del evangelio. En primer lugar, toda la gente, judíos y gentiles por igual, están bajo la condenación de Dios por su pecado, pero todos pueden ser justificados por la fe en Cristo Jesús. La base de esta justificación es la redención de Jesucristo, su sacrificio propiciatorio en la cruz. La única manera para ser justo delante de Dios es por medio de la fe en Jesús, no por las obras, destacando la gracia de Dios.

En la segunda sección de la epístola (5:1–8:39), Pablo expone las bendiciones para los que creen en Jesús. En primer lugar, los justificados por la fe en Jesús tienen paz con Dios por medio de Jesucristo (5:1–21). Después, los que creen en Jesús tienen una nueva vida en Cristo (6:1–23). Porque han muerto con Cristo, los justificados no están bajo la ley, sino bajo la dirección del Espíritu Santo (7:1–25).

En el capítulo 8, Pablo resume estas bendiciones que los que creen en Jesús disfrutan, unidos con Cristo y bajo la dirección del Espíritu Santo. Estas bendiciones se extienden desde el momento de la justificación hasta la eternidad.

El Espíritu nos da vida nueva (8:1–13)
Desde el momento de la justificación, los que creen en Jesús son perdonados, ya no están bajo la condenación del pecado (8:1; 5:1). En vez de la sentencia de la muerte por el pecado, ahora son libres por medio del Espíritu de vida en Cristo Jesús (8:2). Nuestra pecaminosidad nos imposibilitó que estuviéramos en paz con Dios, pero Dios envió a su Hijo para pagar nuestro pecado en la cruz (8:3), cumpliendo la ley de Dios perfectamente (8:4).

El inconverso siempre fija la mente en sus propios deseos, pero la persona que tiene vida del Espíritu Santo fija la mente en hacer la voluntad de Dios (8:5). El fruto de la vida natural sin Dios es muerte, pero el fruto del Espíritu es vida y paz con Dios (8:6). Ya que los deseos de la carne están en contra de Dios, el inconverso no puede someterse a Él (8:7) ni agradarle (8:8). Esta sección nos recuerda de varias lecciones de los capítulos anteriores: la nueva vida que los que creen en Jesús tienen (6:1–23) no bajo la ley, sino bajo la dirección del Espíritu Santo (7:1–25) y la identificación del carnal y el espiritual.

El Espíritu Santo mora en cada creyente, dando evidencia de que son de Cristo (8:9). Nuestra unión con Jesucristo en su muerte y resurrección determina el camino de nuestra vida (8:10) y nos da confianza de la vida eterna después de nuestra vida física (8:11). Por eso, no somos esclavos del pecado yendo hacia la muerte (8:12), sino siervos de Dios yendo hacia la vida eterna (8:13). Podemos recordar estas lecciones sobre la santificación y nuestra unión con Cristo en el capítulo 6.

El Espíritu nos hace hijos de Dios (8:14–17)
Ya que estamos bajo la dirección del Espíritu Santo, somos hijos de Dios (8:14), una relación que quita el temor a Dios. Ahora nos dirigimos a Dios como Padre, ocupando el mismo nombre que Jesús mismo usó, “Abba” (8:15; cp. Marcos 14:36). El Espíritu Santo que mora en nosotros es la evidencia de que somos hijos de Dios (8:16), y como hijos, también herederos de todas las bendiciones de Dios, sufriendo como Jesús y después, siendo glorificados con él (8:17). Podemos recordar la enseñanza del capítulo 5: en Adán fuimos constituidos pecadores, enemigos de Dios, pero ahora en Cristo, somos hijos de Dios, gloriándonos en la esperanza de la gloria de Dios (5:2).

El Espíritu nos promete un futuro glorioso (8:18–25)
Esta misma esperanza de la glorificación es lo que la presencia del Espíritu Santo garantiza. Ahora sufrimos por un tiempo, pero esperamos la gloria incomparable eterna (8:18). De hecho, toda la creación está aguardando la glorificación, la gracia final, de los hijos de Dios (8:19), porque la creación misma está esperando el mismo momento (8:20). Ahora todo el orden creado está sujeto a la corrupción del pecado, pero espera la libertad gloriosa (8:21). Como la creación, nosotros los justificados gemimos esperando nuestra redención final de la presencia y los efectos del pecado (8:22–23). Para este fin esperamos en fe paciente (8:24–25).

El Espíritu intercede por nosotros (8:26–27)
Mientras tanto, el Espíritu Santo nos ayuda en la oración, intercediendo por nosotros delante de Dios (8:26). Cuando no sabemos cómo orar, el Espíritu de Dios intercede por nosotros según la voluntad de Dios (8:27), lo cual nos da seguridad y confianza todas las veces que nos acerquemos a Dios en la oración.

El Espíritu nos da seguridad del amor de Dios (8:28–39)
La presencia y la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas es evidencia del amor permanente de Dios, pese a las dificultades que vivimos (8:28; cp. 5:3–5). En todo momento, Dios está obrando para que seamos conformes a la imagen de Jesucristo (8:29). Por la muerte de su Hijo, Dios declaró justos a pecadores a fin de que ahora sean sus hijos, y por medio de su Espíritu, Dios está activamente obrando en todo momento para que sus hijos sean más como su Hijo perfecto, Jesucristo. Según ese perfecto propósito, Dios les llamó a ser justificados, y sin lugar a duda, perfeccionará su obra en ellos, glorificándolos (8:30).

Es posible que nos preguntemos, especialmente cuando no estemos cumpliendo el propósito de Dios de que seamos como Jesucristo, si es posible que Dios nos rechace. La respuesta contundente es, ¡En ninguna manera! ¡Ni pensarlo! (8:31) Pablo responde con una serie de preguntas (8:31–37).

Si estamos en Cristo Jesús, ¿qué nos puede separar del amor de Dios? ¿La muerte? ¿Algo de la vida? ¿Los ángeles? ¿Los demonios? ¿Algo que no se puede ver ahora? ¿Algo creado? (8:38–39)

Los que creen en Jesús tienen una esperanza segura por el Espíritu Santo.

search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close