Romanos 14:1–15:7: El evangelio produce amor y humildad entre los judíos y los gentiles en la iglesia

En la primera sección de su epístola a los Romanos (1:1–4:25), Pablo expone las buenas noticias del evangelio. En primer lugar, toda la gente, judíos y gentiles por igual, están bajo la condenación de Dios por su pecado, pero todos pueden ser justificados por la fe en Cristo Jesús. La base de esta justificación es la redención de Jesucristo, su sacrificio propiciatorio en la cruz. La única manera para ser justo delante de Dios es por medio de la fe en Jesús, no por las obras, destacando la gracia de Dios.

En la segunda sección de la epístola (5:1–8:39), Pablo expone las bendiciones para los que creen en Jesús. En primer lugar, los justificados por la fe en Jesús tienen paz con Dios por medio de Jesucristo (5:1–21). Después, los que creen en Jesús tienen una nueva vida en Cristo (6:1–23). Porque han muerto con Cristo, los justificados no están bajo la ley, sino bajo la dirección del Espíritu Santo (7:1–25). Unidos con Cristo y bajo la dirección del Espíritu Santo, los que creen en Jesús tienen una esperanza segura que se extiende desde el momento de la justificación hasta la eternidad (8:1–39).

La tercera sección de Romanos (9:1–11:36) responde a dudas sobre Pablo y su ministerio a los gentiles. Pablo no ha abandonado a los judíos (9:1–5) para predicar el evangelio. A pesar de todas sus bendiciones, Israel rechazó a su Mesías porque Dios no los eligió (9:6–29). Sin embargo, los israelitas son responsables delante de Dios porque no creyeron en Jesucristo (9:30–10:21). Pablo responde las dudas sobre el futuro de la nación de Israel (11:1–36), afirmando que Dios volverá a salvar a Israel.

La cuarta sección de Romanos (12:1–16:27) es la aplicación práctica de la enseñanza doctrinal de las primeras secciones. En base del evangelio, debemos vivir la koinonía en el evangelio. Pablo ruega a los hermanos en Roma en base de las misericordias de Dios que los creyentes presenten sus cuerpos a Dios en sacrificio vivo (12:1; cp. 6:13). En vez de conformarnos a este siglo, debemos transformarnos por la renovación de nuestro pensamiento (12:2), lo cual se evidencia en el amor y la humildad. El amor es distinto del mundo porque piensa en otros más que en sí mismo. La humildad es distinta del mundo porque piensa de sí mismo correctamente. El evangelio produce el amor y la humildad en el cuerpo de Cristo.

Reciban a sus hermanos y no discutan sobre preferencias (14:1–18)
Ahora, en aplicación práctica de este amor y humildad, Pablo pone el ejemplo de las diferencias entre los judíos y los gentiles en la iglesia. Un hermano, de trasfondo gentil, come de todo, mientras su hermano, con un trasfondo en la ley de Moisés, no quiere comer las cosas “inmundas” para no ofender su conciencia “débil” o sensible (14:2). El que come sin problemas de conciencia no debe menospreciar a su hermano por su conciencia sensible, y el otro hermano no debe juzgar a su hermano por no conformarse con su conciencia sensible (14:3). Dios es nuestro Señor y somos sus siervos, por eso, no podemos juzgar a los siervos de Dios que Él ha recibido. De hecho, Dios es poderoso para guiar al hermano a través de su Palabra y su Espíritu (14:4).

Otro ejemplo que se da tiene que ver con las fiestas religiosas judías. El hermano
con un trasfondo judío cree que debe observar estas fiestas, pero su hermano no
tiene ningún conocimiento ni sabe la historia de estos ritos. Todos deben estar
plenamente convencidos en su propia mente (14:5). Si un hermano observa un día
santo, debe hacerlo para el Señor, y si otro hermano no, también para el Señor.
Debemos hacer todo para la gloria de Dios, agradeciéndole en todo momento
(14:6). Tenemos que recordar que no vivimos para nosotros mismos (14:7), sino
para el Señor, porque somos de Él (14:8). Jesucristo es nuestro Señor, ya que
murió y resucitó para ser Señor de todos (14:9).

Si Jesucristo es nuestro Señor, no debemos juzgar ni menospreciar a nuestros
hermanos (14:10). No importa si somos aprobados por otros, sino por Jesucristo,
porque somos responsables frente a Él (14:11). Solo de Jesús recibiremos
nuestra recompensa, no de otros (14:12).

Por eso, no debemos juzgar a los que no siguen nuestra conciencia, ni poner tropiezo a nuestros hermanos que tienen una conciencia más sensible (14:13). Si animamos a nuestro hermano a pecar contra su conciencia, no estamos amando al hermano (14:14). Si Cristo entregó su vida por el hermano, ¿no estamos dispuestos a renunciar a una comida por él? (14:15) Así no queremos permitir que algo que nos es bueno sea malo para el hermano (14:16), porque lo importante es lo que permanece (14:17). Agradamos a Dios al cuidar de nuestros hermanos (14:18).

Vivamos en paz y edifiquémonos mutuamente (14:19–15:7)
Debemos hacer solo lo que contribuye a la paz y a la edificación (14:19). No debemos destruir la obra de Dios por causa de nuestras preferencias (14:20). El asunto no es quién tiene razón o no, sino vivir para el bienestar de nuestros hermanos, más que para cumplir nuestras preferencias (14:21), porque los asuntos de conciencia son personales (14:22). Por eso, nadie debe pecar contra su conciencia; mejor evitar algo bueno que pecar (14:23).

Los que son “fuertes,” los que tienen más libertad, son responsables para apoyar a sus hermanos y no solamente agradarse a sí mismos (15:1). Deben hacer todo lo posible para edificar a sus hermanos (15:2). Si alguien plantea una objeción, responde al ejemplo de Jesucristo mismo, quien sufrió injustamente por nosotros (15:3; cp. Salmo 69:9). Las Escrituras nos dan la esperanza de ser como nuestro Señor (15:4) y Dios mismo está obrando en nosotros para perfeccionarnos (15:5). ¿Por qué no seguimos al ejemplo de nuestro Señor?

La meta de la iglesia es que glorifiquemos a Dios unidos, a sola una voz (15:6). Por eso, debemos recibir a nuestros hermanos como Cristo nos recibió (15:7).

¡Que el evangelio siga transformando nuestros pensamientos para que vivamos en amor y humildad dentro de la iglesia! Recibamos a nuestros hermanos como Cristo nos recibió. No juzguemos a nuestros hermanos, sino confiemos en el poder de la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios para obrar en ellos. Vivamos para el Señor, ya que somos sus siervos. Pensemos en lo eterno y arreglemos nuestras vidas y prioridades en base a ello. Glorifiquemos a Dios a una sola voz en la iglesia.

El evangelio producirá la koinonía entre los gentiles y los judíos en la iglesia.

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