Doctrina del Hombre y el Pecado – Sesión 2

En el estudio anterior aprendimos que Dios fue el creador del primer hombre y la primera mujer, y que, por medio de la procreación, el Señor estableció la raza humana sobre la tierra. Así mismo, identificamos que la naturaleza del ser humano está compuesta por una parte material (cuerpo) y por otra inmaterial (espíritu y alma) y que ambas partes están fundamentalmente unidas entre sí. Esta semana vamos a seguir estudiando sobre de la naturaleza del hombre, y lo haremos de acuerdo al siguiente tema:

IMAGEN DE DIOS EN EL HOMBRE

Por el relato de Génesis, sabemos que el Hombre no fue el único ser viviente creado por Dios (cp. Gn. 1:20-25), sin embargo, se distingue del resto de las criaturas en que es el único creado a imagen de Dios[1]. Leemos en Génesis 1:26 y 27 lo siguiente: “26Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. 27Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Pero, ¿qué significa realmente esto? ¿En qué consiste la imagen de Dios en el Hombre?

I. Definición de la imagen de Dios en el Hombre

La imagen de Dios en el Hombre se refiere al parecido personal, espiritual y moral que éste tiene con Dios. (1) Tener un parecido personal con Dios significa que el Hombre, al igual que Dios, es una persona y, como tal, tiene intelecto y voluntad. El Hombre tiene identidad propia, autodeterminación, emoción, racionalidad y conciencia, lo que en consecuencia le permite relacionarse con otros seres personales y diferenciarse del reino animal[2]. (2) Tener un parecido espiritual con Dios significa que el Hombre, al tener una parte inmaterial (espiritual), puede tener comunión con Dios (Dios es espíritu), adorar a Dios y poseer vida eterna. (3) Tener un parecido moral con Dios significa que el Hombre fue creado con la capacidad de conocer y elegir entre lo bueno y lo malo, llevar a cabo acciones buenas o malas, y posteriormente ser responsable de sus acciones y elecciones ante Dios.

            Por tanto, la imagen de Dios en el Hombre es el parecido personal, espiritual y moral que éste tiene con Dios y que le permite relacionarse con Dios, ser una persona, un humano por naturaleza, y un agente responsable de sus acciones y elecciones delante de Dios, y distinguirse del reino animal.

II. Implicaciones de la imagen de Dios en el Hombre.

Ahora bien, la imagen de Dios en Hombre no fue algo que solo Adán y Eva ostentaron sino que ésta fue comunicada a toda la humanidad por medio de la procreación. En Génesis 1:27 y 28 vemos que Dios creó a Adán y a Eva a Su imagen y les mandó a multiplicarse y poblar la tierra. En 5:1-2 vemos que Adán y Eva, incluso después de la caída (véase sesión III), tenían la imagen de Dios y la trasmitieron su descendencia. En 9:6, cuando la humanidad estaba poblando la tierra[3], el autor de este libro vuelve a confirmar esta misma verdad sobre la imagen de Dios en el Hombre, pero ahora refiriéndose explícitamente a toda la humanidad. En esta misma línea, también vemos en el Nuevo Testamento que Santiago reitera que el ser humano fue hecho a imagen de Dios, diciendo: “… los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios” (Stg. 3:9b). Pero, ¿Qué implicaciones tiene esto para la humanidad?

            Que el ser humano haya sido creado a imagen de Dios tiene al menos tres implicaciones: (1) El Hombre y su vida tienen un valor especial (único en relación a las otras criaturas o también “sagrado”)[4]; y, por ello, Dios advirtió a Noé diciendo: “6El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre” (Gn. 9:6 cp. Mt. 5:21-22 “no insultar”). (2) El Hombre está unido por una sola raza. La Biblia no habla de varias razas humanas sino de un solo linaje que desciende de Adán y Eva. Génesis 3:20 dice lo siguiente: “20Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes” (cp. Gn. 1:28 “multiplicaos”). Y en Hechos 17:26 dijo Pablo: “26Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra…”. Por tanto, la humanidad está unida en una sola raza y, en consecuencia, no hay un grupo étnico superior al otro ni un sexo más importante que el otro, ya que todos los seres humanos son portadores de la imagen de Dios por igual. (3) El Hombre es representante de Dios en la creación[5]; y, por tanto, su deber es ejercer mayordomía sobre la tierra y los animales (Gn. 1:28; Sal. 8), y replicar los atributos divinos que Dios le ha comunicado; como su amor, su justicia, su fidelidad y verdad. Solo el Hombre puede representar a Dios y demostrar algunas de Sus cualidades porque solo los seres humanos fueron hechos a imagen de Dios; lo cual es una honra que ninguna otra criatura tiene, ni será capaz de poseer jamás. 

            Entonces, las implicaciones de la imagen de Dios en el Hombre afectan su valor como ser humano, su unidad como raza y su rol en la tierra como representantes de Dios. Sin embargo, al ver en nuestro mundo actual los asesinatos, las discriminaciones, las violencias sexuales, el rechazo a Dios y la nula representatividad de su justicia, amor, fidelidad y verdad, nos preguntamos: ¿Qué pasó con la imagen de Dios en el hombre? 

III. Corrupción de la imagen de Dios en el Hombre

Con la intromisión del pecado en la humanidad la imagen de Dios en el Hombre se estropeó (véase sesión III); no que se haya perdido o destruido por completo sino que fue corrompida por causa del pecado. Por esta razón, la humanidad está totalmente desmoralizada, descontrolada, llena de si misma, sin Dios y sin rumbo; a pesar de haber sido hecha originalmente con un parecido único, personal, espiritual y moral con Dios.

            Ahora bien, la corrupción de la imagen de Dios en el hombre por causa del pecado, no es (ni debe ser) un aliciente para el caos y el descontrol, porque la Escrituras enseñan que el Hombre, a pesar de la corrupción por el pecado, sigue portando la imagen de Dios en sí; y por ende, la vida humana sigue siendo más valiosa que la del resto de las criaturas (Gn. 9:2-4), el asesinato sigue estando prohibido (Gn. 9:6), las distinciones funcionales en el hogar y la iglesia siguen vigentes[6] (1Co. 11:3, 7), el abuso al prójimo es condenable y el respeto social y el trato adecuado siguen siendo un deber humano (Stg. 3:9 cp. Mr.12:31). Sin embargo, la humanidad no considera estas cosas porque el pecado no sólo estropeó la imagen de Dios en ella sino que, además, cauterizó sus conciencias y provocó que ésta rechazara a Dios, Su Palabra y la honra que le fue dada desde su creación; de modo que, el Hombre decidió usar su intelecto y voluntad para elegir vivir sin temor de Dios (Ro. 3:18) y sin respeto a Su imagen en la humanidad; y usar su espiritualidad para adorar a criaturas (Ro. 1:23, 25) y su moralidad para escoger siempre lo malo (Ro. 3:12).

IV. Conclusión

Como ya hemos visto, el Hombre fue creado a imagen de Dios pero a causa del pecado esa imagen quedó estropeada y, por tanto, hoy no refleja en lo más mínimo lo que fue en un principio. Sin embargo, cuando miramos a Jesucristo; el Dios y Hombre perfecto; la imagen del Dios invisible (Col. 1:15) y el postrer Adán (1Co. 15:45); el resplandor de la gloria de Dios y la imagen misma de Su sustancia (Hb. 1:3), todo es distinto.

            Jesucristo es la impresión perfecta de Dios y la viva imagen de todo lo que Dios tenía planeado para el Hombre cuando lo creó. Y como tal, vino a este mundo, vivió perfectamente, hizo visible la imagen de Dios y enseñó sobre el valor que tiene el Hombre para Dios[7]; y, aún más, Él mismo se entregó como sacrificio sustituto y agradable a Dios para que todo aquel que cree en Él pueda alcanzar la salvación y la restauración de la imagen de Dios en su vida. Solo la obra espiritual de Dios por medio de la regeneración (Col. 3:9-10) puede restaurar la imagen de Dios en el Hombre; dicho de otro modo, solo la nueva vida espiritual que es otorgada por Dios y que tiene su base en la vida perfecta y la muerte sacrificial de Jesucristo (el Dios y Hombre perfecto) puede lograr que el Hombre busque a Dios, adore y agradezca a Dios, represente a Dios y muestre los atributos que Dios, su creador, le ha comunicado.

Por tanto, aunque el resto del mundo continúe usando su intelecto y voluntad para vivir sin Dios y sin respetar Su imagen en los hombres; y continúe su espiritualidad para adorar a criaturas y su moralidad para escoger siempre lo malo (Ro. 3:12), los que hemos sido regenerados por la obra del Espíritu Santo y la fe en el Señor Jesucristo podemos y debemos vivir buscando, adorando y obedeciendo a Dios, a fin de que vivíamos de acuerdo a nuestra nueva naturaleza y seamos cada vez más como Jesucristo (la perfecta imagen de Dios) hasta el día de Su regreso (Ro. 8:29; 1 Ts. 3:13; Fil. 3:21; Col, 3;4; 1Jn. 3:2).


[1] Evidentemente “imagen” y “semejanza” son dos palabras distintas tanto en español como en hebreo. Imagen (tselem) significa “copia o representación” y Semejanza (demuth) es el término hebreo para hablar de un “patrón o forma” a partir de un original.  Sin embargo, dentro del contexto de la creación del Hombre las palabras “imagen y semejanza” no tienen valor individual ya que ambas contribuyen a la idea del “parecido del Hombre con Dios” o “a la hechura del Hombre a partir de su original (Dios), y su representación”. En la biblia, estas ideas son expresada con la palabra “imagen” o “semejanza” indistintamente. Según McCune: “Los términos “imagen” (tselem) y “semejanza” (demuth) se usan de forma sinónima. Esta sinonimia se aprecia, por ejemplo, en Génesis 1:26, donde ambos términos se utilizan, y también en Génesis 1:27 (donde solo se utiliza tselem) y en Génesis 5.1 (donde solo se utiliza demuth, cp.  Gn. 5:3 y 9:6)”. (2018:429).  En este estudio se preferirá usar la expresión “imagen de Dios”, al ser éste el término de uso mayoritario en teología.

[2] Sabemos que los animales no tienen conciencia de la identidad propia, ni autodeterminación ni la capacidad de reflexionar sobre cosas abstractas y comunicarlas. “Los animales no poseen un sentido innato de lo que es bueno o malo, como tampoco poseen ética o estándares morales dominantes…” (McCune 2018:433)

[3] O mejor dicho: “repoblando” la tierra, por causa del diluvio (contexto).

[4] Al ser hechos a Su imagen, Dios le dio al ser humano una dignidad (cp. Sal. 8; Mt. 6.26, Mr. 8:36) y un valor inestimable. Y ya que ningún otro ser tiene la capacidad de llevar la imagen de Dios, el abismo que separa el valor cualitativo de la vida del Hombre respecto a los animales es infinito. Nótese que en Gn. 9:2-6 Dios defiende el valor de la vida humana y la protege, por ello, afirma la responsabilidad del hombre y decreta que todo el que comente asesinato debe renunciar a sus vida lo que, a sus vez, marca un notorio contraste con el valor de la vida animal que es tomada para alimento. En este sentido la vida humana (y de todo ser humano) tiene un valor sagrado, sin importar cuales sean sus capacidades o su estatus en esta vida.

[5] Nótese que los términos hebreos para “imagen de Dios en el Hombre” conlleva la idea de “representación” (tselem).

[6] Si los seres humanos son reflejos del Dios Trino, es lógico esperar diferencias similares en las funciones entre los seres humanos, incluso en relación con la relación más básica de todas las diferencias entre los seres humanos, la diferencia entre el hombre y la mujeres en relación a sus funciones y autoridad (1Co. 11:3) aunque sean iguales en personalidad e importancia.

[7] Estos sean, niños (Lc. 18:15), mujeres (Jn. 4), enfermos (Mt. 4:24), de otras etnias (p. ej. Lc. 17:11-16 “este era samaritano”)

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